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filósofos en acción (no, no son mis amigos)

Filósofos en acción (no, no son mis amigos)

La revista cultural Arcadia publicó un polémico artículo sobre la filosofía en Colombia, algo inusitado en la prensa de nuestro país, incluso para la prensa cultural. Luego de entrevistar a tres figuras de la filosofía nacional, dos de los cuales han escrito interesantes análisis históricos sobre el pensamiento colombiano, el autor toma como fuentes directas a otros tres investigadores jóvenes, concluyendo, al parecer, que la postura de estos últimos es la más válida. Entre sus críticas mal formuladas y sus presuposiciones algo ingenuas, el autor parece defender la necesidad de una filosofía crítica de la ‘realidad nacional’. Los filósofos deberían analizar la actualidad, concluye Restrepo, desde el cine hasta los problemas políticos, pero en el país muy pocos lo hacen. No se ven.  Muchos se han rasgado las vestiduras, descalificando al artículo sin parpadear, ante lo que se planteaba en principio como una interesante posibilidad de diálogo entre los filósofos y el mundo exterior. Digamos que alguien le pregunta en un bus o en una fiesta a un experto en cierta área académica ‘¿Dónde están los de su área?’ ‘¿Qué hacen?’ Bien. ¿Qué pensaría ud. de una respuesta como ‘¿Quién es usted para preguntar eso?’ Sería una respuesta muy inapropiada, creo yo.  Desafortunada, por lo menos. El artículo tampoco tenía que ser un directorio telefónico de facultades y egresados de filosofía. Si sólo mencionó dos departamentos, probablemente los más importantes, creo yo, podemos perdonárselo. Eso de la diversidad y el disenso también se aplica a los periodistas culturales, aunque ellos no sepan qué es ‘gramatología’.

La mejor prueba de que el artículo no es tan malo, aunque podía ser mucho mejor, es que resultó ser de algún modo un generador de debate público entre la gente del gremio, aunque parece ser que el debate se quedó en la floja línea que propone el artículo y no en el nivel que se le exigiría a los periodistas cuando se meten a torear a la academia. Creo que el artículo peca por ingenuo al menos por tres razones. Primero, parte de la idea la idea infundada de que ‘filósofo’ debería ser lo mismo que ‘intelectual público’. Segundo, parece desconocer los quehaceres de los filósofos en la ‘actualidad nacional’, incluyendo los nutridos debates previos sobre la posible función de esa disciplina en nuestra sociedad. Tercero, es obvio que el autor sabe muy poco de la filosofía más allá de lo que se logra difundir en la prensa o en el mundo editorial, donde los filósofos con interés por lo público suelen eclipsar otros que suelen escribir sobre temas menos sexis. Sin embargo, el artículo es interesante en cuanto sirve para discutir el papel que, en nuestra sociedad, se espera que cumpla el filósofo. También sirve para  difundir la disciplina y con ella la reflexión seria, al menos la más básica, lo cual por sí mismo me parece alentador, en medio de esta ausencia de diálogo o debate en la que vive el país. Vamos ahora por partes.

Los filósofos son personas que investigan, escriben, publican, hacen conferencias, critican a sus colegas, debaten con ellos, etc. Si además quieren comentar sobre la vida pública o la actualidad política o social, no lo hacen porque sean mejores o peores comentadores per se, ni porque esa sea su obligación ‘natural’. De hecho creo que los filósofos no tienen por qué ser intelectuales públicos. Tampoco los investigadores en muchas otras áreas académicas. ¿Por qué  los matemáticos, sociólogos o antropólogos deberían producir análisis de la actualidad nacional dirigidos al gran público? Creo que sus investigaciones hablan por sí mismas, y quien desee puede consultarlas y buscarles aplicación, pero estas profesiones no tienen por qué crear intelectuales públicos (incluso si estudian directamente esa ‘realidad nacional’). De hecho creo que el intelectual público puede provenir de cualquier disciplina.

Respecto a la ‘utilidad’ del filósofo egresado de nuestras universidades, la gente del gremio ya ha debatido diferentes posiciones al respecto desde hace rato, y en medio de interesantes contextos de cambios en la academia, cambios a los que se refiere tangencialmente el artículo de Arcadia. Un ejemplo: entre 1996 y 1997 se dio un interesante debate entre los pesos pesados de la investigación en filosófica en Bogotá. En medio del avance evidente de la investigación en filosofía analítica en el país, muy diferente a las corrientes vigentes por ese entonces (fenomenología, teoría crítica, historia de la filosofía moderna, marxismo académico, etc.) Christian Schumacher propuso un modelo de egresado muy pragmático, tal vez demasiado pragmático: el filósofo debería ser capaz, incluso, de trabajar en empresas aplicando sus habilidades fuera de la academia. La discusión dejó en claro diferentes formas de entender la filosofía y los posibles deberes del filósofo en la sociedad colombiana. Por otro lado, estemos o no de acuerdo con la idea de Schumacher, muchos acabamos aplicando esas habilidades fuera de la academia, o dentro pero en otras áreas. Nada de eso se ve en el artículo de Arcadia. Tampoco los aportes de decenas de filósofos en la vida pública como críticos de nuestros problemas, desde ese entonces y mucho antes, manteniendo su rol de filósofos activos.

Filósofos felices haciendo su oficio

Filósofos felices haciendo su oficio en una conferencia

Es obvio que el autor no conoce la geografía o la taxonomía actual del área. La filosofía es una disciplina con numerosas ramificaciones, algunas de ellas más o menos cercanas a la realidad y otras absolutamente alejadas de ella. Áreas como la lógica, la renacida Metafísica o algunas visiones de la filosofía del lenguaje están muy lejos de estudiar a -o de tener aplicaciones en- la realidad, y quienes las desarrollan no tienen la intención de hacerlo tampoco. Las filosofías de la ciencia, la filosofía de la mente y otras subdivisiones de la filosofía del lenguaje estarían más cerca de objetos de estudio palpables y además se encuentran en diálogo directo con algunas ciencias (duras, blandas, nuevas, tradicionales). La ética y la filosofía política estarían relacionadas de forma más cercana con el día a día de la gente, sin que dejen por ello de ser reflexiones sobre problemas conceptuales (problemas alrededor de teorías de la justicia, la virtud, la equidad, por ejemplo). Pero desde aquí se puede pasar a aplicaciones productivas en muchos niveles con cierta facilidad. La ética aplicada, por ejemplo, lleva décadas produciendo interesantes vínculos con la medicina, los investigación en las escuelas de negocios o la psicología más cercana al humanismo.

Es por estas áreas del mapa filosófico donde aparece la producción cercana a lo que el artículo espera del intelectual público. Sin que sean todos sus autores muy populares, ni muy asequibles,  ni mucho menos (nadie va a leer a John Rawls o a Bernard Williams por placer), es aquí en donde encontramos muchos de los libros mencionados por el autor como Best Sellers de la difusión filosófica, incluyendo comentaristas de la actualidad. Nuestro amado Zizek está aquí, por ejemplo, pero no todos los filósofos políticos escriben para ese público (ni comparten su críptica formación lacaniana-marxista) ni quieren que sus ideas se apliquen en bruto a la realidad, por así decirlo. En otras palabras, lo que el artículo denomina una tendencia no es más que un sector de la filosofía, uno relativamente pequeño pero muy popular. Piense en esto: ¿Por qué un filósofo especializado en áreas como la historia de la filosofía (antigua o medieval, por ejemplo) tiene que pasar de esos análisis a comentar la bancarrota moral del gobierno anterior? ¿Va a aportar algo mejor que otros especialistas?

A juzgar por el artículo, sin embargo, por alguna razón hay gente que sí espera un comentario de ‘la realidad nacional’ desde una perspectiva especial, privilegiada, que supuestamente tienen los filósofos. Ya hay muchos de ellos haciéndolo, sin caer en estereotipos,  y  no son mencionados por el artículo. Más allá de verlos como consultores para hacer crucigramas, parece que al menos un sector de la sociedad quiere que la academia, incluyendo a los filósofos, critique lo que pasa a su alrededor. El problema reside en las letales consecuencias de la crítica en nuestro país, claro. Eso también lo olvida el artículo.

La labor filosófica

La ardua labor filosófica también tiene sus momentos felices (¿reconoce a algún personaje en la foto?)

Pero, ¿Qué sabe la gente común y corriente sobre la labor filosófica? Muy poco o nada, o sigue muchos estereotipos ridículos: los filósofos solo hablan mierda sin sentido, una jeringonza incoherente parecida a la mala poesía, pero leen mucho, consumen alucinógenos y se suicidan. Por eso me parece positivo el artículo como difusor –sí, pobre- del trabajo en el área.  Me parece interesante que la gente afuera de la academia, al menos los lectores de revistas culturales, entre en contacto con la filosofía así sea de esta forma, como entre brumas seductoras. Esta disciplina es árida y esotérica como pocas. Artículos como este, igual que esas colecciones de cultura popular y filosofía, (en nuestro medio serían algo así como ‘Don Chinche y filosofía’. Ensayos selectos: ‘El Eutimio: diálogos perdidos’. ‘Safa jirafa: el otro como lo innombrable’, and so on, and so on) pueden llegar a ser la puerta de entrada a la filosofía para muchos. Otros tendrán que hacer el trabajo sucio después, y explicar que el escepticismo cartesiano es mucho más complejo que sus caricaturas en la Matrix.

Puede que entonces entiendan por qué la mayoría de filósofos tienden a ser invisibles.

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6 comentarios

Archivado bajo Filosofía, Colombia, patriotismo, crítica, opinión, mal menor, universidad, intolerancia, milagro, otro post ñoño

6 Respuestas a “Más imágenes de filósofos en acción

  1. Me gustó mucho el artículo. Estaba pensando en algunas cosas que ya están bien escritas acá. A mi me pareció interesante y molesto (al principio) que el periodista haya caído en tantos lugares comunes. Pero después pensé que, justamente, era diagnóstico de lo que muchas personas piensan sobre la filosofía. Desde la edad de los entrevistados, hasta sus respuestas que se remiten al marxismo, etc. Todo hace parte del imaginario en el que también los estudiantes participamos. Me pasa muy seguido al hablar con amigos filósofos que tengo la sensación de que nosotros mismos no tenemos muy claro cómo asumir esas exigencias públicas de utilidad y responsabilidad social, especialmente cuando los intereses académicos van por caminos tan diversos. Rescato mucho la conclusión: No toda la filosofía es filosofía política. Ni debe serlo. Y, más importante, la filosofía no debe ser la única que “produzca” intelectuales ni críticas públicas.

    Creo que también es primordial hacer un puente entre quienes tuvieron contacto con estos debates sobre el papel de la filosofía en Colombia y quienes hasta ahora entramos en él para que nos cuenten un poco cómo era. La filosofía ha avanzado mucho, los medios e internet le imponen nuevas dinámicas al ejercicio y a la enseñanza: Tenemos traducciones al español más rápido, tenemos diálogos directos con otros filósofos del mundo, los libros se consiguen on-line, hay coloquios interdisciplinarios. Todo eso hace que la perspectiva de la discusión sobre lo que es hoy la filosofía cambie mucho. Como contraste sería un ejercicio muy interesante.

    Algo que me gustó de -algunas- respuestas del Espectador y de este post es precisamente esa información adicional . Suponemos y juzgamos mal al periodista por no saber este tipo cosas. Pero, en realidad, muy pocos las saben incluso dentro de disciplina.

    Agradezco, entonces por los links, las fotos y el texto. Ojalá el diálogo siga adelante.

  2. Jorge Senior

    Lo que interpreté del famoso artículo de marras es que no se trata de que TODOS los filósofos sean intelectuales públicos u “orgánicos”, etc, sino de que sería interesante o pertinente que ALGUNOS lo sean (espero no me acusen de dequeísta). No creo que se pretenda obligar a nadie a vociferar sino simplemente llamar la atención sobre la notoria ausencia de esta profesión en el debate público. Y en tal sentido el artículo de Arcadia logró dar en un punto sensible.

  3. Paola, ese intercambio queda abierto, claro, e incluso se podría rastrear a generaciones anteriores. Sería interesante una investigación sobre los efectos de esos cambios a los que te refieres, la facilidad en el acceso a artículos y ciertas fuentes, así como la comunicación con investigadores en otros centros de producción.

    Jorge, creo que el punto sensible del artículo, si existe, es muy gaseoso. Aquí está, por ejemplo, otra reacción que apunta a la miopía del autor del artículo http://www.revistaarcadia.com/impresa/filosofia/articulo/carta-angela-uribe/24693

  4. Paola V.

    Esas preguntas todavía están dirigidas a ver cómo es que se estudiaba filosofía en una universidad hace algunos años. También valdría la pena rastrear a otros personajes que se mencionan por ahí como “autodidáctas” o “filósofos fuera de la academia”, esos seres mitológicos que se suelen idealizar tanto ahora. Hace poco me contaron que está de moda estudiar la obra de Fernando González (así como se puso de moda Gómez Dávila) y me preguntaba si de verdad, en Colombia, ellos eran más excepciones a la regla que otra cosa.

    Me pregunto si cuando alguien reclama que los intelectuales, que los filósofos, piensen el país están esperando encontrar textos como estos http://www.otraparte.org/ideas/politicos.html en los periódicos nacionales. No sé si algo de esa figura transgresora se ha filtrado hasta nuestros días y se ha constituido como el deber ser del “filosofo colombiano”. Además, ¿qué tan probable será poder expresar ese tipo de opiniones de manera libre en los medio nacionales hoy en día?

    En fin, como para meterle temas al debate, vale la pena pensar por qué a esas personas se les llama”filósofos” a pesar de que nunca tuvieron algo como una carrera académica como la concebimos hoy en día. Y si eso tiene algo qué ver (y cuánto) en las exigencias de que el filósofo tenga que ser un “intelectual público”.

    • Javier Mardu

      Paola V.

      Me parece que gran parte del debate de si hay o no filósofos en la actualidad gira entorno a una frase que tu escribiste: “filósofos fuera de la academia” seres mitológicos…” ¿En qué momento el ideal de filosofía antiguo ha sido deformado de tal forma por la academia que ahora un filósofo fuera de ella suele ser algo inimaginable? ¿Intelectual o filósofo? El debate gira en torno a que los llamados filósofos no tengan interés por criticar problemáticas actuales, puede que se equivoque, puede que si halla “filósofos” críticos que se dediquen a pensar nuestra realidad, como el profesor de la Javeriana, Santiago Castro-Gómez.

      A mi parecer el problema no radica en si hay o no “filósofos” críticos, porque sí los hay, día a día se publican cientos de textos con criticas actuales, el problema radica en que esas críticas no pueden ir más allá de la frontera de la academia, ahora los “filósofos” se conforman con que sus textos estén en revistas indexadas o sean reconocidos en algún coloquio o congreso. La crítica de los filósofos de la academia no va más allá de sus cuatro paredes. ¿Entonces donde quedo el ideal antiguo de filosofía? Aquel que era filósofo no por crear complejos sistemas y discursos, sino por que era capaz de corresponder la vida con la teoría, porque sus palabras reflejaban sus actos y viceversa. ¿De qué nos sirve que haya “filósofos” críticos si ellos sólo se conforman con que sus postulados y sus ideas descansen en alguna publicación? ¿Dónde quedo la filosofía como forma de vida? ¿En que cementerio de egocentrismos e intereses propios quedo enterrada esa filosofía como arte para la vida, como la búsqueda del buen vivir?

      Me parece que la mayoría de respuestas que se han dado sobre el articulo de la revista Arcadia, son fundamentados en el ego bastante crecido de los llamados “filósofos de la academia” pero qué se podía esperar de un artículo que criticará fuertemente su posición de “filósofos”. Qué hay de malo con decir: sí, tienen razón, ahora no hay filósofos, hay críticos que se conforman con que sus ideas sean reconocidas por otros críticos, hay intelectuales que solamente buscan el reconocimiento de sus pares, pero no, no hay filósofos. Esta es una afirmación que el ego de nuestra academia no podría aceptar nunca.

      “La filosofía pertenece a quienes se adueñan de ella. La filosofía no pertenece a una casta, a un sindicato que monopoliza la actividad […] convertirse en filósofo es dar la espalda a la dimensión funcionarial de la disciplina practicada por el profesor para adoptar una profesión. Por ende, la vida cotidiana se vuelve cada vez más tensión hacia una vida filosófica […] Son dos maneras de pensar la filosofía y de vivirla. La primera: la vida filosófica, el trabajo existencial, la escultura y la construcción de sí mismo en tanto obra de filósofo; la teoría entendida como una oportunidad de práctica y, viceversa, la experiencia utilizada como un laboratorio para generar pensamiento, la interacción permanente entre las ideas y la vida. La gran tradición existencial de la sabiduría antigua. O, la segunda, la manera disociada del profesor: el platónico harto de placeres groseros, el cristiano que va al prostíbulo, el kantiano que pasa a ser ministro de derechas de un gobierno no muy humanista, el metafísico que lamenta el olvido del ser a la sombra de las chimeneas del crematorio nazi (Heidegger) ¡La gran tradición esquizofrénica del profesor que enseña durante los horarios de clase algo distinto, incluso contrario, a su práctica, una vez que su prédica ha terminado […] En sus Ensayos, Montaigne ya lamentaba que la filosofía se hubiera convertido en el arte de <>, de comentar textos, en el mejor de los casos, pero también y sobre todo, y la mayoría de las veces, de comentar un comentario. [...] Mientras tanto la filosofía muere, se muere, ha muerto. Queda un cadáver que se disputan estos sepultureros de la disciplina.” Michel Onfray

      Paola, se te nota el interés por este tema, por este problema, me gustaría estar en contacto contigo, si quieres, quisiera preguntarte algunas cosas. Si algo, me escribes a mi correo.

      javierlotis@hotmail.com

  5. Que hacen los que por fin hemos conseguido no hacer nada
    ( en http://pellizcate.blogspot.com/)
    I
    Llego tarde al debate, lo siento, pero me gustaría empezar por aquella exaltación con la que los llamados a sí mismos “filósofos” -por título académico o ejercicio profesional- responden a una intencionada pregunta “de titular” hecha para “picar lenguas” (¡nada más!). Sin duda, el centro de la polémica son los “estereotipos” que rodean a la representación pública del filósofo y el perezoso esfuerzo de los primeros interrogados por superar una -dicen…- equivocada imagen. Los otros aludidos, en esta suspicaz pregunta, sienten una insoportable “piquiña” y se lanzan a responder con valentía -de gremio- acerca del por qué ellos consideran que ellos mismos, como filósofos, rompen los “estereotipos” e intentan erigirse, a sí mismos, una vez más, como ejemplos de la imagen reguladora que ahora debemos tener de la función pública del filósofo.
    En mi opinión creo que no hay estereotipos que atacar, ni “vidas filosóficas” que defender o reivindicar. No hay que generar una histeria profesional porque a un periodista se le ocurre preguntar si entre el filósofo y la sociedad existe una cordial relación de indiferencia. Cualquiera que no sea redactor, de Arcadia, sabe que los buenos de Sierra, Zubiria y Parra no han hecho a lo largo de sus vidas más que su trabajo y lo han hecho bien en un país bastante complicado…incluso para respirar. Sierra fue de los primeros en transmitir la obra de un profesor exiliado en Nueva Zelanda que habló de un modelo, bastante problemático, de “sociedad abierta” ¿Tiene algo de estereotipado enseñar las claves un asunto prioritario para el “paisito” que nos ha tocado en gracia? ¿No es suficiente la educación y el trabajo académico como respuesta a la función pública del filósofo? Algunos, al parecer, le hacen el juego a un titular y se olvidan de las edades y las respuestas que han pasado por esta sugerente cuestión ¿Qué demonios hace un filósofo? Pregunto a los corresponsales de este debate si es posible tratar esta cuestión según el lugar, el tiempo y la sociedad en la que vivimos. Será exigir mucho pedir un poco de sentido común y menos twitteo aforístico.
    II
    Aquel diplomático florentino, a bailes con una excéntrica familia que le pagaba por sus notables servicios, decía que si observamos la historia los filósofos no entran los primeros en las ciudades conquistadas, lo hacen entre los rezagados, escondidos en los carros de heno que entran junto a los cocineros y al burdel de campaña. Siglos después al hijo del pastor, luego filólogo, pero entusiasta de la artillería prusiana, le hubiera disgustado que le juntaran con las diversiones de la soldadesca. Igual que al indispensable heredero vienes que se alistó en la Gran Guerra para acabar en un campo de prisioneros dándole vueltas a la idea de que ciertas expresiones filosóficas mejor debían callarse porque resultaba inútil decirlas. Ni que hablar del deber que cumplió el ateniense más feo y más preguntón de la historia en las guerras espartanas, reclamo que sus defensores usaron para salvarle de una irrevocable condena: no creer en los dioses. También está aquel que fue vendido como esclavo por diferencias irreconciliables con su discípulo, un tirano cualquiera, y qué decir del emperador que sucedió a Adriano. Estos son los filósofos a veces prisioneros, otros emperadores, muchos soldados, vagabundos, jorobados, diplomáticos, preceptores, extrañados por sus pueblos o condenados a la soledad.
    Cuando me asomo a esta “personajada” busco consuelo en la curiosidad periodística y en el escándalo de los filósofos, muy de blogueo y facebookeo, que se olvidan de otro que intentó en las elecciones anteriores anticiparse a la esperpéntica corruptocracia que ahora gobierna en la figura de ese filipichín renegado, reluctante a la obediencia con el patrón. Si, puede que la ola verde fuera de charco y el surf de la esperanza nacional se truncara, pero ese es filósofo. No entiendo cómo dejamos de hablar de las cosas que tenemos ante nuestras narices e indolentes nos da por el discurrir. Hace falta mucha filosofía…en esos que se dicen filósofos.

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